domingo, 11 de septiembre de 2011

El jugador de baloncesto

Había una vez un chico que vivía con su padre al que le encantaba el baloncesto. Desde muy pequeño le había apasionado ese deporte, y pertenecía al equipo de la escuela aunque siempre estaba en el banquillo de suplente. Aún así, su padre asistía a todos los partidos y le animaba siempre desde la grada. El muchacho creció y fue a la universidad, donde se apuntó en el equipo de baloncesto. Si le cogieron fue más por su ánimo contagioso que por su forma de jugar. Llamó a su padre cuando se lo anunciaron y se alegraron los dos.


Después de una larga temporada bastante buena en la que no salió a jugar en ningún partido, llegó la final en la que se decidiría si el equipo de su universidad ganaría o no. Ese día por la mañana, durante el entrenamiento, se le acercó el entrenador al muchacho y le dijo muy bajito:
- Verás, chico, es un poco difícil de decir, pero… tu padre ha muerto esta mañana. Acaba de llegar un telegrama.
El chico trago saliva y comenzó a temblar. El entrenador le abrazó y le dijo:
- Hijo, tómate la tarde libre y no vengas al partido de esta tarde. Lo siento mucho.
Y se fue.

Por la tarde el equipo no jugó muy bien. Durante la primera parte del partido apenas encestaron, y el otro equipo era muy bueno. Iban perdiendo por 40 puntos en el descanso, cuando de repente entró el chico en el vestuario y le dijo al entrenador que quería salir a jugar. El entrenador le dijo que no, pues no quería que su peor jugador saliese al campo.
- Por favor, entrenador, déjeme salir una vez. No le defraudaré. Necesito jugar este partido.
El entrenador al final accedió, pues el muchacho le daba pena. "Seguro que aún está afectado por la muerte de su padre", pensó.

El chico salió y comenzó a hacer unos pases increíbles y a meter canastas imposibles. Todos los espectadores estaban asombrados de ver al joven del banquillo, que jugaba como el mejor. Hasta el entrenador estaba admirado, pues no sabía de donde sacaba semejantes fuerzas y ánimo para jugar de ese modo. Faltaban dos minutos para el final del partido, y el muchacho sin ayuda de nadie había conseguido recuperar los puntos y empatar. En el último minuto, metió la canasta que les dio la victoria. El público, los jugadores y el entrenador comenzaron a aplaudir a rabiar, y al muchacho se le vio feliz.

Al finalizar el partido, se fue a una esquina del vestuario, solo. El entrenador se le acercó y le felicitó diciendo:
- Has jugado estupendamente. ¿Cómo es que hoy hiciste todas esas canastas en el campo? Nunca habías jugado así.

- Usted sabía que mi padre había muerto esta mañana, pero, ¿sabía usted que era ciego? - dijo el muchacho levantando la vista-. Cuando venía a los partidos lo hacía para alentarme, pero no me veía. Hoy era el primer día que podía verme jugar, y yo le quería demostrar que podía hacerlo.





8 comentarios:

  1. Uffff...precioso¡¡¡¡¡ No hay ceguera ni obstáculos para el corazón. ¡¡ Me encantó¡¡ Un abrazo cielo con todo mi amor

    ResponderEliminar
  2. Ya te digo si no los hay... Para que veamos que siempre podemos!!!
    Otro gran abrazo con todo el amor del mío

    ResponderEliminar
  3. Una bella entrada para recordarnos que somos capaces de hacer más cosas de las que imaginamos cuando realmente nos lo proponemos.
    Un beso.

    ResponderEliminar
  4. Así es A.K.E., querer es poder, y si nos lo proponemos, seguro lo logramos, de hecho nos sorprenderíamos de las grandes cosas que podríamos hacer.
    Un grandísimo abrazo y gracias por dejar tu preciosa huella

    ResponderEliminar
  5. Hermosísimo relato, mari Carmen;
    apasinante, ejemplar, enternecedor
    una demostración de humanidad y
    sorprendente, sobretodo par el
    entrenador. Gracias por conmover
    mis sentimientos.
    Un abrazo y besos
    Ángel-Isidro.

    http://elblogdeunpoeta.blogspot.com/

    ResponderEliminar
  6. Bellísimo y emotivo, Mª Carmen y es que en la vida también ocurren estas cosas que te hace sentirte orgulloso de ser humano. Gracias.

    Brisas y besos.

    Malena

    ResponderEliminar
  7. Hola Ángel Isidro.
    Ante todo te doy las gracias por pasearte por este espacio y dejar tu huella en él.
    Efectivamente opino igual que tú. Es tremendamente enternecedor el relato, y creo que el entrenador no se esperaba para nada algo así, desde luego que su sorpresa fue extraordinaria.
    Veo que tienes un blog de poesía. No sé si ya estoy en él pero me pasearé para verlo. Me encanta la poesía y todo lo que tenga que ver con el amor, de ahí que hiciese el otro blog que tengo, y estoy segurísima que justo por eso me va a encantar pasearme por el tuyo.
    Un fuerte abrazo y gracias de todo corazón.

    ResponderEliminar
  8. Así es Malena. Estoy totalmente segura que todas las personas hemos hecho algo en alguna ocasión que nos ha enorgullecido.
    Te mando un gran abrazo y gracias de todo corazón por dejar de nuevo tu huella en este espacio cielo.

    ResponderEliminar

No se aceptarán comentarios con contenido racista, sexista, homófobo o que puedan interpretarse como un ataque hacia cualquier colectivo o minoría por su nacionalidad, el sexo, la religión, la edad o cualquier tipo de discapacidad física o mental.

*Los comentarios no podrán incluir amenazas, insultos, ni ataques personales a otros participantes.

* Se reserva el derecho a eliminar cualquier comentario considerado fuera de tema.